Ocuparse y pre-ocuparse del desear humano no es cosa menor, instruirse en esa pretérita premura llamada “capacidad desiderativa” y del papel trascendente que se le debe asignar en el ser y el vivir del implume bípedo entumecido. Descartes en su Tratado de las pasiones del alma habla de este oscuro estado anímico que llamamos “deseo” consiste en una pre-disposición a querer que en el futuro acaezca todo aquello que consideramos convenientemente a nuestro personal favor; y por eso “no deseamos sólo la presencia del bien ausente, sino también la conservación del presente y además la ausencia del mal, tanto del que ya se tiene como del que creemos que vamos a padecer en el futuro”. Hay deseos racionales y los no tanto, que co-responden al terreno de la sensualidad. Y es en ese sentido que se equipara al deseo humano con la pura concupiscencia, es decir, a cierta apetencia sensible e inclinada a la mera sensualidad y, para ser más preciso, al voluptuoso arrebatamiento sexual. El escolástico Tomás de Aquino dice perentoriamente que el deseo es ambivalente; por un lado los nobles, justos y racionales y por el otro, los tensos, apasionados y, por lo mismo, incontrolables.
Por ejemplo; antiguamente era “pecado” de los graves, desear a la mujer del prójimo: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio en su corazón”, interpela Mateo aludiendo al célebre Sermón de la Montaña, pero ahora –según las leyes- también lo es desear a la propia de cada cual, sobre todo si esa pretensión no va precedida del propósito auténtico e inmediato de convertirla en madre; propósito, claro es, ha de ser equivalente en la esposa, quien, al ver acercarse al marido con tan tremebundas intenciones copulatorias, deberá expresar lo mismo que Raquel a Jacob: “Hazme madre o me muero”.
Esto ya era sabido por los antiguos que testimoniaron al respecto: Epicteto aconseja: “En cuanto al deseo, suprímelo por ahora enteramente”. Y Diógenes Laercio: “Según Zenón, la perturbación o pasión es un movimiento del alma, irracional y contra naturaleza; o bien un ímpetu exorbitante” Y, al igual que hoy, esta doctrina se apoya, en considerar que los deseos no son sino una manifestación, como la mayoría de las pasiones, de impotencia e irracionalidad; de un incontrolable y extravagante apetito por actividades sexuales erótico-afectivas…que, dicho sea de paso, su satisfacción resulta necesaria para alcanzar un conveniente equilibrio homeostático, tanto biológico como psíquico.
“Tres cosas hay en el alma –escribe Aristóteles en su Ética a Nicómaco – que rigen la acción y la verdad: la sensación, el intelecto y el deseo […] Lo que en el pensamiento son la afirmación y la negación, son en el deseo la persecución y la huida; así, puesto que la virtud ética es un modo de ser relativo a la elección, y la elección es un deseo deliberado, el razonamiento por esta causa debe ser verdadero, y el deseo recto, si la elección ha de ser buena, y lo que (la razón) diga (el deseo) debe perseguir”.
¿Quién no se siente atraído hacia objetos placenteros? El mismo Aristóteles afirma en su Gran Ética: “Todas las criaturas buscan, naturalmente, lo que es bueno; de manera que si todos buscan el placer, el placer debe ser contado entre las cosas buenas”. En general, salvo casos extravagantes, lo que se apetece y desea es siempre algo placentero. Y aunque nos inclinemos gimnásticamente hacia el arduo ejercicio de la virtud que, muchas veces nos resulta doloroso, las más de las veces el tiranizado hombrecito perseguirá el deseo inmediato, el goce instantáneo sin cálculo ni medida.