lunes, mayo 12, 2008

Ira y Venganza


Lucio Anneo Séneca, en “De la Ira” dice: “El color rojo excita al toro; el áspid se levanta delante de una sombra; un lienzo blanco alarma a los osos y leones. Todo lo que es naturalmente cruel e irritable se espanta por cosas vanas. Lo mismo acontece con los espíritus inquietos y débiles: alármanse por sospecha de las cosas, y hasta tal punto, que muchas veces consideran injurias favores ligeros, que vienen a ser fecunda y amarga fuente de su ira. Irritámonos contra nuestros mejores amigos porque han hecho por nosotros menos de lo que habíamos imaginado, menos que recibieron otros; cuando en ambos casos es otro el remedio.” Irritarse por las cosas debidas es asunto difícil. Aristóteles afirma que “el que se irrita por las cosas debidas y con quien es debido, y además cómo y cuándo y por el tiempo debido, es alabado”. Y si no, es casi seguro, que al menos, su actitud se encuentra enteramente justificada y es definitivamente fundamentada. Y esto significa, innegablemente, que la ira no es, en sí y por sí y siempre, mera facticidad reactiva o inter-pelado comportamiento vicioso o inmoral, por más que algunos que pecan de exagerada moralina, intenten sostener lo contrario. Pero no solamente esto: también habría que decir incluso que lo que resulta disoluto, o inmoral, o llanamente estúpido, es la deserción completa de ella, una suerte de no-ira, o de ira al revés, sobre todo en aquellos momentos en lo que es elegante y procedente es…manifestarla.
Ahora bien, que se trata de una emoción –y una de las más elementales y primarias- lo delata su grande intensidad y su carácter transitorio, además de las rugosidades de las expresiones faciales, inconfundibles y acaso universales; y en general, los componentes aspaventosos no verbales, gesticulaciones varias y simbólicas musarañas que la escoltan. Aparece, la ira como velociraptora que ataca ciegamente o como bruja que premedita frente a su caldero de víboras recocidas: la astucia, la mentira, la adulación tentadora y hasta cierta belleza de silicona engañadora. “Nemo me impune lacessit”, nadie me ofende impunemente, vocifera el resentido nietzscheano y urde su venganza. Para vengarse, lo primero es aprender el lóbrego arte del disimulo. Incluyendo ciertos fingimientos amistosos con aquel de quien queremos vengarnos, para que no sospeche nada cuando nos acerquemos sigilosamente a él. ¡Salud, amigo, bébete otro vaso de amontillado!

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sábado, mayo 10, 2008

Inteligencia-Elegancia


“Pero este ser se encontró, por primera vez, ante estos dos proyectos completamente diferentes: ante los instintivos, que aún alentaban en él y ante los fantásticos, y por eso tenía que elegir; seleccionar.
¡Ahí tienen ustedes a este animal! El hombre tendrá que ser, desde el principio, un animal esencialmente elector. Los latinos llamaban al hecho de elegir, escoger, seleccionar, eligere; y al que lo hacía, lo llamaban eligens o elegens o elegans. El elegans o elegante no es más que el que elige y elige bien. Así pues, el hombre tiene de antemano una determinación elegante, tiene que ser elegante. Pero aún hay más. El latino advirtió —como es corriente en casi todas las lenguas— que después de un cierto tiempo la palabra elegans y el hecho del «elegante» -la elegantia- se había desvaído algo, por ello era menester agudizar la cuestión y se empezó a decir intelegans, intelligentia: inteligente. Yo no sé si los lingüistas tendrán que oponer algo a esta última deducción etimológica. Pero sólo puede atribuirse a una mera casualidad el que la palabra intellegantia no se halla usado igual que intellígentia, como se dice en latín. Así pues, el hombre es inteligente, en los casos en que lo es, porque necesita elegir. Y porque tiene que elegir, tiene que hacerse libre. De ahí procede esta famosa libertad del hombre, esta terrible libertad del hombre, que es también su más alto privilegio. Sólo se hizo libre porque se vio obligado a elegir, y esto se produjo porque tenía una fantasía tan rica, porque encontró en sí tantas locas visiones imaginarias.”

Ortega y Gasset - El mito del hombre allende la técnica, 1951. Obras Completas, IX, página 622.

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domingo, mayo 04, 2008

Los Jardines del Liceo


“La gran suerte de Gabriel Marcel es no haber sido profesor en cualquier facultad, no haber tenido que “pensar” a una hora fija. No debería institucionalizarse lo esencial: la universidad es el espíritu de luto (en cuanto a filosofía). La filosofía se enseña en el ágora, en un jardín o en casa”. Esta larga frase de Ciorán aparece en sus Ejercicios de Admiración, al inicio de su “Ejercicio” sobre Marcel a quién conoció de cerca. Y tiene razón…la filosofía no debe institucionalizarse. Recuerdo que con un grupo de amigos hacíamos filosofía en un café. Éramos filósofos de café. Pero recordando a un viejo profesor de filosofía, que nos hablaba de Dilthey en los jardines del liceo uno de Temuco, puedo decir que nos enseñó a tratar de discernir los recovecos del alma humana. A él le debo esta inquietud constante frente a la iniquidad del hombre cara a sus congéneres. Nos relataba las terribles prácticas nazis en el Chile de los años treinta; experimentos raciales incluyendo la trepanación de cráneos sin cloroformos, perforación de ganglios palpitantes, extracción de vaginas jóvenes, tratamiento químico de hígados, aparatos cordiales, páncreas y ojos. “Somos un pueblo mestizo” decía, usando la misma terminología biológico/racial empleada por los genéticos nazis que experimentaron con cientos de niños chilenos para estigmatizarlos como “bastardos” y advertir a la colonia alemana del peligro genético que significaba “el cruce”. Por supuesto que yo ponía mucha atención a sus declaratorias liceanas. ¡Éramos tan…impresionables!
Hoy, que la capacidad de asombro se ha aletargado y refugiado en algún escondrijo del alma, agradezco a ese viejo profesor de filosofía el haberme heredado una intensa predilección por los jardines.
* La foto de arriba, es la entrada (estado actual) a la vieja"ratonera" (así la llamaban despectivamente los de enseñanza media) del Liceo; Sector de la enseñanza básica.

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Angustia

“Cuando ya nada nos estimula, disponemos aún de la "angustia". No pudiendo prescindir de ella, la perseguimos tanto en la diversión como en la oración. Y tanto tememos que nos falte, que "la angustia nuestra de cada día dánosla hoy" se vuelve la jaculatoria de nuestras esperas y de nuestras imploraciones.”
E.M. CIORAN – Silogismos de la amargura

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viernes, mayo 02, 2008

Deseos



Ocuparse y pre-ocuparse del desear humano no es cosa menor, instruirse en esa pretérita premura llamada “capacidad desiderativa” y del papel trascendente que se le debe asignar en el ser y el vivir del implume bípedo entumecido. Descartes en su Tratado de las pasiones del alma habla de este oscuro estado anímico que llamamos “deseo” consiste en una pre-disposición a querer que en el futuro acaezca todo aquello que consideramos convenientemente a nuestro personal favor; y por eso “no deseamos sólo la presencia del bien ausente, sino también la conservación del presente y además la ausencia del mal, tanto del que ya se tiene como del que creemos que vamos a padecer en el futuro”. Hay deseos racionales y los no tanto, que co-responden al terreno de la sensualidad. Y es en ese sentido que se equipara al deseo humano con la pura concupiscencia, es decir, a cierta apetencia sensible e inclinada a la mera sensualidad y, para ser más preciso, al voluptuoso arrebatamiento sexual. El escolástico Tomás de Aquino dice perentoriamente que el deseo es ambivalente; por un lado los nobles, justos y racionales y por el otro, los tensos, apasionados y, por lo mismo, incontrolables.
Por ejemplo; antiguamente era “pecado” de los graves, desear a la mujer del prójimo: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio en su corazón”, interpela Mateo aludiendo al célebre Sermón de la Montaña, pero ahora –según las leyes- también lo es desear a la propia de cada cual, sobre todo si esa pretensión no va precedida del propósito auténtico e inmediato de convertirla en madre; propósito, claro es, ha de ser equivalente en la esposa, quien, al ver acercarse al marido con tan tremebundas intenciones copulatorias, deberá expresar lo mismo que Raquel a Jacob: “Hazme madre o me muero”.
Esto ya era sabido por los antiguos que testimoniaron al respecto: Epicteto aconseja: “En cuanto al deseo, suprímelo por ahora enteramente”. Y Diógenes Laercio: “Según Zenón, la perturbación o pasión es un movimiento del alma, irracional y contra naturaleza; o bien un ímpetu exorbitante” Y, al igual que hoy, esta doctrina se apoya, en considerar que los deseos no son sino una manifestación, como la mayoría de las pasiones, de impotencia e irracionalidad; de un incontrolable y extravagante apetito por actividades sexuales erótico-afectivas…que, dicho sea de paso, su satisfacción resulta necesaria para alcanzar un conveniente equilibrio homeostático, tanto biológico como psíquico.
“Tres cosas hay en el alma –escribe Aristóteles en su Ética a Nicómaco – que rigen la acción y la verdad: la sensación, el intelecto y el deseo […] Lo que en el pensamiento son la afirmación y la negación, son en el deseo la persecución y la huida; así, puesto que la virtud ética es un modo de ser relativo a la elección, y la elección es un deseo deliberado, el razonamiento por esta causa debe ser verdadero, y el deseo recto, si la elección ha de ser buena, y lo que (la razón) diga (el deseo) debe perseguir”.
¿Quién no se siente atraído hacia objetos placenteros? El mismo Aristóteles afirma en su Gran Ética: “Todas las criaturas buscan, naturalmente, lo que es bueno; de manera que si todos buscan el placer, el placer debe ser contado entre las cosas buenas”. En general, salvo casos extravagantes, lo que se apetece y desea es siempre algo placentero. Y aunque nos inclinemos gimnásticamente hacia el arduo ejercicio de la virtud que, muchas veces nos resulta doloroso, las más de las veces el tiranizado hombrecito perseguirá el deseo inmediato, el goce instantáneo sin cálculo ni medida.

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domingo, abril 27, 2008

El instante de Borges

¿Dónde estarán los siglos, donde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron,
donde los fuertes muros que allanaron,
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?
El presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj. El año
no es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

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La angustia como aspirina frente a la Nada.


La vida es futuro, el pasado ya fue (lo que fui ya lo fui) y somos lo que fuimos. Afirma Sartre: "Ser en el mundo no es escaparse del mundo hacia sí mismo, sino escaparse del mundo hacia un allende del mundo que es el mundo futuro". Y ese futuro inescrutable siempre nos provoca –además de colon irritable- angustia, una profunda angustia existencial. No confundir con el miedo…el miedo es un movimiento anímico que tiene que ver con las cosas y los casos relativamente inmediatos. Decía Freud: "Pienso que la angustia se relaciona con el estado subjetivo abstraído de cualquier objeto, mientras que en el miedo la atención está dirigida precisamente hacia un objeto". En cambio, para Sartre, el miedo sería un sentimiento en relación a los otros. La angustia, en cambio, para este filósofo francés sería más un sentimiento que apunta hacia uno mismo. Para Heidegger en la angustia es donde sentimos el mundo en su mundaneidad, es decir, como algo externo.
Afirma Heidegger que hay para el "Dasein" (ser en sí mismo) una contingencia permanente de encontrarse frente a frente con la mismísima nada y descubrirla como epifenómeno. Eso sería la angustia. El modo en que deberíamos enfrentar la nada, la cura de ese no-ser es… la angustia. La posibilidad, a fuerza de peripecias, de seguir existiendo frente a esa nada conminatoria es lo que estaría dado por la angustia. La angustia sería una suerte de “Mejoral” frente a la omnipotencia de la nada que merodea vouyerísticamente el ser finito.

La angustia estaría concebida por la potencia de la libertad, en tanto que tenemos la capacidad de elegir, de hacer algo o no hacer ese algo. Si no fuésemos libres, si existiéramos radicalmente pre-determinados, circunscritos en una suerte de destino; la angustia no existiría, a lo más advertiríamos un cierto conformismo estoico. Sartre dice que hay una conciencia concreta y definida de libertad y esta conciencia es la angustia y en ese sentido, la angustia somos nosotros mismos. Somos angustia.
Mi particular angustia sería la angustia de permanecer en la vida, porque habría de perseverar en la vida en la medida en que hay otro que está confirmando mi propia existencia. Entonces el peligro que tiene esa tentativa es que por un costado la tengo que realizar (la revalidación por el otro) para poder seguir viviendo, pero al hacerlo corro el riesgo de la muerte y eso nos arrastra a la angustia del ser, a la inquietante angustia existencial.
Somos un ser único e indivisible; somos en este breve instante presente, nada más y nada menos. Pero lo que somos en el aquí y ahora es el precipitado existencial de lo que hemos sido y lo que fuimos lo hemos sido en tanto en cuanto que hemos tenido un pro-yecto de ser-siendo y ese pasado existe en la exacta medida en que tuvimos un proyecto en el cual ese pasado era un futuro.

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jueves, abril 24, 2008

Ilusiones


“El ideal es un órgano de toda vida encargado de excitarla. Como los antiguos caballeros, la vida, señora, usa espuela. (...) A veces padecemos una vital decadencia que no procede de enfermedad en nuestro cuerpo ni en nuestra alma, sino de una mala higiene en ideales.

Con esto venimos a la siguiente conclusión: para que algo sea un ideal no basta que sea digno de serlo por razones de ética, de gusto o conveniencia, sino que ha de tener, en efecto, ese don de encantar y atraer nuestros nervios, de encajar perfectamente en nuestra sensibilidad. De otra suerte será sólo un espectro de ideal, un ideal paralítico incapaz de tender la ballesta del ímpetu. De las dos caras que el ideal tiene, sólo se ha atendido hasta ahora a la que da a lo absoluto y se ha olvidado la otra, la que da hacia el interior de la economía vital. Con la palabra más vulgar de “ilusiones” solemos expresar ese ministerio atractivo que es la esencia del ideal”




“Siempre me ha repugnado el frecuente personaje a quien oímos decir constantemente que se cree en el deber de hacer esto o lo otro. Yo me he creído muy pocas veces en deberes durante mi vida. La he vivido y la vivo casi entera empujado por ilusiones, no por deberes. Es más: la ética que acaso el año que viene exponga en un curso ante ustedes se diferencia de todas las tradicionales en que no considera el deber como la idea primaria en la moral, sino a la ilusión. El deber es cosa importante pero secundaria –es el sustituto, el Ersatz, de la ilusión. Es preciso que hagamos siquiera por deber lo que no hayamos de hacer por ilusión."


Ortega y Gasset - ¿Qué es filosofía?, 1929.

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viernes, abril 18, 2008

¿Perseguir inseguridades?

Pensar es perseguir la inseguridad, atormentarse por futilidades grandiosas, recluirse en abstracciones con una avidez de mártir, buscar la complicación como otros buscan la destrucción o el beneficio. El pensador, por definición, codicia el tormento.” Ciorán tiene algo de razón en este nuevo pensamientillo de sus desgarraduras mentales. Desde Parménides buscamos, por ejemplo, el verdadero ser de las cosas. Porque el ser se esconde; le gusta jugar a las escondidas. El verdadero ser de las cosas” es un infante retozón y vivaracho. La filosofía a través de largos siglos ha estado jugando con este niño travieso y mudadizo. Que el ser se predica de muchas maneras arengó Aristóteles en la Grecia clásica y que Hegel dijera muchos años después que del ser no podemos predicar nada y que identifica a este con la nada, realmente es perseguir complicaciones e inseguridades.
Pero, seguimos siendo “mortales de dos cabezas” que aspira desde la hermosura de su miseria alcanzar las estrellas. La filosofía tiene mucho de idealidad. Estos ideales porfiados y obstinados nos ayudan por el tránsito por la vida. Ejercen una función compensatoria muy importante. El hombre anhela, por impulso de ellos, a equilibrar el déficit de su destino real, y precisamente porque no es fuerte ni saludable ensaya frente al espejo gestos y aspavientos de atléticas virtudes inexistentes.
El hombre, mortalmente herido de nacimiento busca compensaciones a ese destino fatal e irrevocable; pero como dice Hebbel “cuando alguien es una pura herida, curarlo es matarlo”. Intuimos que ese destino insalvable es el de todos; nuestro, es mío…pero no son yo...o los yoes de cada cual...

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